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Día 8: Ensoñaciones

No sé qué hora es y aunque las manecillas del reloj de la mesilla se han perdido en el tiempo, he intuido que deben ser las dos de la tarde. Un rápido vistazo por la ventana y el reloj de la farmacia de enfrente ha confirmado mi suposición. Son las dos y cuarto para ser exactos. Me he despertado como de costumbre, aturdida y amnésica. Necesito varios minutos para que mi cerebro escanee toda la información, la conecte y procese. Mientras tanto, hago labores mecánicas, aquellas que no requieren un largo proceso de asimilación. Entre el tiempo que tardo en ducharme y vestirme, mi cerebro ha tenido suficiente para acabar el proceso.

El día de ayer fue tan extraño que podría ser el capítulo de una novela de ciencia ficción. El cielo sin florecer, lo ocre del ambiente, la calzada serpenteante y la cafetería al fondo. Los coches y la vida al amanecer. Los reflejos en el suelo de espejos, mi reflejo convertido en añicos con el roce de unas ruedas. El encuentro con John. Aunque no fuera muy dada a ello, pensé que sería una coincidencia, otra de tantas que ocurren en el mundo: los ex-amantes que se chocan por la calle, el primer amor que reencuentras con la muerte en tus talones, los familiares que nunca te presentaron pero que, cosas del destino, estudian en tu clase, trabajan en tu oficina o son tus vecinos, etc. Pensé en las probabilidades que este encuentro podía tener como coincidencia. Mi mente se había transformado en una máquina de simulaciones, en la máquina de probabilidades de Galton. Estuve tan ensimismada que no me percaté de la conversación que parecía haber iniciado John. Como una llamada, mis oídos comenzaron a prestar atención a las palabras que se filtraban por su boca como el gas por una espita a medio abrir. Se llamaba John, hasta ahí mi conocimiento previo. Trabajaba como contable en la oficina de Cage Lars, junto al Jackson Square. Él no pudo apreciarlo pero mi cara se descompuso al escuchar ese nombre. Jackson Square era para mí un espeso jardín lleno de espinas. Recuerdo que en mi adolescencia solía pasarme las tardes en su césped. Me hundía en su frondosa vegetación y soñaba. La brisa de la tarde me traía a la memoria una serie de imágenes de las que apenas tenía constancia. Era yo, de niña, sentada en el regazo de una mujer. Ésta me acariciaba suavemente la cabeza mientras tarareaba una cancioncilla pegadiza. Yo reía feliz, dejando entrever la ausencia de algunos de mis dientes. Estábamos sentadas en el porche de una pequeña casa de madera. Frente a nosotras se extendía el amplio trigal, meciéndose al compás del viento. La puerta de la casa estaba abierta y la cortina que cubría la entrada se hallaba en tenue vaivén. Del interior salía el aroma del café recién hecho y el estruendo de tazas y platos chocando. El sol llegaba a su ocaso diario y los pájaros, que durante la mañana largamente habían cantado, iban recogiendo sus alas y acurrucados en sus nidos cerraban sus tiernos ojillos. El cielo se descubría raso y limpio. Un tono anaranjado iba cubriendo todo cuanto a mi alrededor se hallaba. Del interior salía ahora la voz un tanto apagada del locutor de la única emisora del pueblo. Mientras tanto, yo seguía allí, acurrucada, en medio de la ensoñación, sintiendo esa delicada mano sobre mi mejilla.

Mientras más lo intentaba más borrosa se hacía mi memoria. No era capaz de recordar de quién eran esas dulces manos, ni esa melodiosa voz que me susurraba. Mi mente era como una foto antigua que con el paso del tiempo había perdido toda su nitidez, y ha dejado trazos borrosos tras sí. No lograba recordar su rostro, tan sólo me quedaban esas cálidas manos y esa voz. ¡Oh!, cuánta paz transmitía esa voz y qué segura me sentía acurrucada en su regazo. Al abrir los ojos me encontraba con mi vida de golpe. Todo cuanto creía vivir en sueños eran mis anhelos y mis esperanzas. A veces incluso, confundía los sueños con la realidad. Lo que pensaba que faltaba en lo real, lo inventaba. Creé mi propio espacio, mi refugio, donde era mi propia dueña. Jackson Square se convirtió para mí en un templo, un lugar sagrado pero hiriente, en un jardín de espinas.

He necesitado parar un rato. Descalza he abierto la puerta y me he asomado a la barandilla del pasillo del hotel. Estaba lloviendo. Lentamente finas gotas de agua cubrían el suelo de capas reflectantes. Desde lo alto pude ver mi cara y las gotas resbalando por ella. Media hora más tarde, estoy de nuevo sentada frente a estas páginas, dispuesta a proseguir el encuentro con John.

Como dije, John trabajaba en una oficina. Tenía una esposa y dos hijos. El mayor estaba a punto de terminar el instituto y el pequeño aún ni siquiera había comenzado a andar. Vivía cerca del Café du Monde, a trescientos metros de donde yo me crié. Su mujer era profesora de literatura de un centro destinado a las personas de escasos recursos. Habló y habló durante horas, rompiendo con cada palabra el hielo que parecía haber en nuestro primer encuentro. Deseaba que siguiera contándome anécdotas e historias sobre su vida pero una parte de mí no dejaba de pensar en lo extraño que era todo esto. Llegó sin más una mañana y consiguió que pensara en él durante todo este mes. Este sujeto había conseguido entrar en mi vida de la manera más peculiar jamás vista. No tuve el valor de preguntar cómo llegó a mí, cuál fue el motivo que le llevó a esa habitación, por qué yo. Él proseguía y proseguía, absorto entre sus palabras. Mientras tanto la cafetería se iba quedando desierta y en el cielo unas diminutas estrellas iban haciendo su aparición, como glorias que representan cada noche la misma función. Cuando el café apagó sus luces, el silencio sobrevino a la mesa. Con un gesto que apenas pude distinguir, John se despidió con un hasta la próxima vez que nos encontremos. Cuando quise reaccionar ya no había ningún rastro de él. Cogí mi abrigo y salí a la calle. Las farolas acaban de ser encendidas y muchas tiendas tenían aún la persiana a medio echar. Empecé a andar de regreso al motel por las mismas calles. Ahora, las tonalidades ocres se habían transformado en negro. Negro y gris, en el asfalto, en el cielo, en el horizonte. Sabía cómo llegar pero caminaba desorientada. Me detuve varias veces para mirar el cielo y para dar bocanadas al nuevo aire frío que las nubes habían traído consigo. No me apetecía llegar todavía al motel. Siempre me gustaron estos días, los días lluviosos y sobre todo, los momentos de descanso que la lluvia concede. El aroma a tierra mojada, el ruido de las gotas al caer de los árboles, sentir cómo el agua va calando mis zapatillas primero y luego mis calcetines y roza con mis pies. Decidí dar un rodeo. Primero a la izquierda, luego a la derecha y vuelta a la misma calle, dispuesta a finalizar el viaje. Al abrir la puerta de la habitación, un gran cansancio se apoderó de mí. Mis músculos se habían adormecido. Me descalcé y caminé por la moqueta. Dejé que mis pies sintieran el tacto suave y punzante de ésta.  Me fui quitando una a una todas las capas que cubrían mi cuerpo hasta acabar completamente desnuda. Recorrí mi cuerpo con mis dedos. Empecé por mi cara y fui descendiendo lentamente hacia los hombros, los brazos, el pecho, la barriga. Me detuve a jugar con mi ombligo. Bajé las manos hacia mis muslos, mis piernas, mis pies. Ansiaba el contacto humano que una vez tuve, la pasión que una vez sentí. Como fuego son los deseos más humanos, como fuego los encuentros. El fuego en nuestras manos marca el roce y el estremecimiento. Deseaba sentir el fuego de las sábanas, la hoguera de una noche envuelta en una espiral de respiraciones, el sudor de unos labios, la furia descargada y penetrable de dos cuerpos entrelazados y jadeantes, extenuados. Con esta sensación me acurruqué sobre la cama y me dormí.

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Día 7: Al fin una mañana

Esta mañana me desperté con los primeros rayos de luz que se filtraban a través de la persiana. Como alma que lleva el diablo, siempre me ha resultado muy ocurrente esta frase, me he levantado de un brinco dispuesta a visitar el mundo fuera de estas cuatro paredes convertidas en refugio durante hace algo más de un mes. La ciudad es muy diferente a estas horas de la mañana. Son pocos los que han comenzado sus andanzas. Cogen sus coches o toman el autobús y se dirigen velozmente hacia el trabajo. Las cafeterías acaban de abrir sus puertas y ya tienen a varios somnolientos tropezándose intentando dar con un sitio en el que poder acomodar sus traseros. Los servicios de limpieza siguen situados en varios puntos recogiendo los escombros de lo que el día anterior dio de sí. Las calles se encuentran iluminadas por tenues focos que se consumirán con el clarecer del cielo. Un juego de luces ocres se diluye en la tonalidad mate del asfalto. El canto de los pájaros embriaga los primeros toques de la brisa y resuena como miles de sirenas ocultas entre el ramaje transformado en oleaje terrestre. Abrigada hasta el cuello, con las manos metidas en los bolsillos y varias capas bajo el jersey, me adentré en unas de las cafeterías recién abiertas y me convertí en una más de esos transeúntes somnolientos en busca de una mesa.

La cafetería no era gran cosa: tres taburetes viejos junto a la barra y seis mesas esparcidas aleatoriamente por el habitáculo. Una hilera de ventanas y la luz que desprendían era lo más llamativo del lugar. Al fondo de la barra, con un delantal cubierto de las salpicaduras de toda una vida, el que parecía ser el dueño. Era un hombre alto, de unos cincuenta y cinco años y con unos rasgos faciales que ayudan a imaginar lo atractivo que fue en su juventud. Junto a él, apoyado en la barra, un camionero o el conductor de cualquier tipo de transporte, soy incapaz de distinguirlos. Por su cara diría que no había dormido en días. Sus ojos eran vidriosos, envueltos en mar. Arrugas en la frente y en los pómulos. Manos enormes y desgastadas. En la mesa más cercana a la mía, una mujer se retocaba el maquillaje. Primero los polvos, luego la sombra de ojos y finalizó con el pintalabios. No podría decir que fuera una mujer hermosa pero sí había en ella un aire que recordaba a las actrices de películas de los años veinte y treinta. El pelo corto y rizado. La mirada sugerente con un tono de picardía. Los pómulos pronunciados, tanto que eran el punto de atención de su rostro. No podía parar de pensar en ella como Marlene Dietrich en la Venus rubia. Me di cuenta que tras mi pequeño repaso a los comensales presentes, la puerta acababa de abrirse y por ella había entrado un pequeño hombre. Me resultaba muy familiar. Tras hablar con el camarero se sentó en la única mesa que había enfrente de la mía, abrió su periódico y no levantó su mirada en horas. Por algún motivo seguí sentada y no paré de observarle. Esa manera de estar, el porte, su silencio, eran como si ya los hubiera visto en alguna otra parte. Pedí mi segundo café y continué mirándole con más intensidad que antes, casi creí poder traspasar el periódico que le cubría. Según teorías parasicológicas, si miras con insistencia a alguien éste parece intuirlo e irremediablemente mira hacia la persona que le observa. Eso fue lo que pasó. Ese extraño caballero cerró su periódico y miró en mi dirección. Se levantó y vino a sentarse a mi mesa. Su mirada, esa mirada con paciente interés despertó todos mis sentidos y desempolvó una mañana hace casi un mes. Era John, estaba segura.

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Día 6: Recuerdos

Hace varios días que no salgo de esta habitación. El silencio me transporta a la celda, al frío nocturno, a la calma mortuoria que allí se palpaba. De la cama al sofá, de éste al baño. Me miro en el espejo y no me reconozco. Las arrugas han ido ocupando durante años todos los lugares inhabitados de mi rostro. Con las manos en las mejillas, voy deslizando lentamente mis dedos, surcando sus pliegues. Desde la boca a la nariz, de ahí a los ojos, repasando el contorno, siguiendo la línea para acabar en la frente, donde las arrugas se hacen más profundas. Hago muecas, estiro y relajo la cara, pendiente a cuanto cambio se produce paulatinamente. Mis dedos, aún finos y tersos, ven ahora lo que mis ojos no vieron. He comprendido que ha llegado el momento que más he temido a lo largo de mi vida. Me paso todas las mañanas ahí, de pie, con la mirada en el rostro que el espejo refleja y tan extraño me sigue pareciendo. Oscura ronda de mi recuerdo. Porto una corona de espinas. Lo estoy pagando muy caro y continuaré pagando pues parece no bastar lo infausto de este viejo cuerpo.

En estos días sin contacto con el exterior me ha dado tiempo a reflexionar sobre lo ocurrido la semana pasada. ¿Fue real la visita de aquel individuo? En caso de ser así, ¿quién era y qué quería? Si lo piensas fríamente no es muy normal presentarse ante alguien a quien no has visto en tu vida, no cruzar palabra alguna salvo para pedir hospedaje y desaparecer sin más. Cuanto más lo pensaba más confusa me sentía y a la vez más contrariada. Repasé mentalmente y por escrito la larga lista de personas que había conocido a los diez, a los veinte, a los treinta y cuarenta años. Nada. Su cara no aparecía. Su nombre no existía. Este repaso me hizo pensar en aquellos que fueron parte de mí en alguna época y en cómo los conocí. Si creyera en el azar, en los imprevistos sin rumbo ni orden, diría que los conocí por casualidad. Como todos en su adolescencia, conocí a mi mejor amigo de esos años cuando opté por renunciar a la carrera que estaba estudiando y cambié a una radicalmente opuesta. De economía a historia. Mi error al escoger un futuro me llevó a conocer a la más maravillosa de las personas. Casualmente, esa persona estuvo el mismo año estudiando economía pero, cosas del destino, no nos conoceríamos hasta el año siguiente, cuando decidí dejar el comercio del dinero y me adentré en el apasionante mundo del análisis de historias ajenas. Unir granitos y reconstruir mundos ya perdidos entre mareas, devolver las sonrisas a los héroes desconocidos de la vida fue mi pasión durante esa magnífica etapa cuatrienal.

Jill se llamaba. Le conocí una mañana a finales de curso, en pleno ajetreo entre examen y examen final. Llevaba media hora en la biblioteca buscando un libro: El proceso de la colonización británica y su repercusión posterior en las trece colonias. Harta de mirar entre los estrechos pasillos repletos de libros hasta el techo, harta de tropezarme con las banquetas que ayudan a los bibliotecarios a alcanzar la cima de la montaña cultural, acalorada. Coincidencia o no, pues hay quien opina que las coincidencias se producen por la unión de dos factores en el fondo relacionados por un mismo hilo circunstancial y algunos otros que opinan que son hechos independientes y sin ninguna conexión causal, allí nos encontramos los dos, en el mismo pasillo dispuestos a coger el mismo libro. Ya que teníamos que elaborar nuestro trabajo basándonos en la misma obra, decidimos unir nuestros conocimientos y presentar un trabajo conjunto si el profesor así lo permitía.

Nuestra relación siempre estuvo bajo la sombra de secretos: pensamientos impronunciables y actos inconfesables, secretos que  iríamos intuyendo con el afianzamiento de nuestra amistad pero nunca nos atreveríamos a preguntar. No era una relación muy abierta y se basaba más en ocultar información que en exponer claramente las cartas con las que jugábamos. Quizá por esto nuestra unión se fue estrechando. Incapaces de ser sinceros con los demás, no serlo entre nosotros era una bendición. No había recriminaciones de ninguna clase. La moralidad y la ética estaban fuera del campo. Simplemente éramos el apoyo que  a cada uno le faltaba. Si las lágrimas caían, sabíamos que detrás nuestra habría un pañuelo con el que secarlas. Si estábamos a punto de caer, estirábamos la mano y siempre encontrábamos algo a lo que sujetarnos. Fuimos las partes de un ente nuevo y mejorado. Fuimos lo izquierdo y lo derecho, el corazón y la mente. Vivimos juntos hasta el día de la graduación. Cuatro años compartiendo un pequeño piso situado cerca del campus, cuatro años levantándonos a la misma hora, comiendo juntos, yendo a pequeñas librerías y debatiendo sobre Chejov, Lovecraft o Plath. Daba igual el autor, la obra o el género, lo importante era sentir la vitalidad que nos concedía la literatura. Quizá por eso nunca comprendí que se marchara tan rápido, tanto que apenas le dio tiempo a recoger todo en maletas.

-“Necesito ver mundo, crecer y enriquecerme”, me dijo y tras un beso cerró una puerta que jamás volvió a abrir.

Veintidós años después, la arena esparcida por el viento, los granitos cargados de historia, han traído la mía intacta. Dentro de mí han estallado emociones como bombas, bombas que creía desactivadas. El aire viene dibujando caras, surcando sonrisas y miradas. Escenas fotografiadas por los ojos de quien una vez fui van tomando cuerpo en esta habitación. Mientras sigo de pie, frente a este espejo de recuerdos.

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Día 5: John

El azar ha jugado y juega conmigo al gato y al ratón. Los humanos vivimos a expensas de ciertas casualidades. Somos como naipes de una baraja. Una mano nos mezcla mientras la otra elige a su víctima. Podría pensar esto si no creyera que nada de lo que nos ocurre acontezca por la obra de un sujeto desconocido. No somos títeres, en lo que a nuestra vida se refiere. Lo que nos ocurre no es resultado de una casualidad, sino resultado de una decisión que hemos tomado con anterioridad. Es resultado de nuestros actos. No hay nada escrito. El hado somos nosotros mismos. Sin un Hermes que nos coja de la mano.

Hace dos días alguien llamó a la puerta del motel donde me hospedo. No recuerdo la hora y tampoco el día exacto. La noche había acontecido mezclada entre agua y rayos. La gotera del techo me había informado de que en toda la noche la lluvia parecía no haber mermado. Abrí los ojos con dificultad, hice una mueca para desentumecer el lado izquierdo de mi cara y carraspeé. Varias botellas de whisky esparcidas anárquicamente por el suelo y un cenicero repleto de cadáveres aún humeantes alzaron su mano y saludaron al nuevo día. En la puerta alguien seguía llamando, ahora con más insistencia. Cuando conseguí ponerme en pie, tuve que sortear la pila de ropa que había formado su propia trinchera a los pies de la cama. Logré alcanzar el pomo de la puerta. Tras un forcejeo con la cadena, la puerta cedió. Delante de mí encontré la silueta a contraluz de un hombre. John dijo llamarse. Algo menudo y regordete, con facciones que recordaban a un cerdito recién traído al mundo. Pronto me percaté de los extraños fantasmas que parecían perseguir a mi visitante. Huía, huía de todos y de sí mismo. Le dejé pasar, siempre he sentido una fuerte empatía por estos personajes, supongo que me recuerdan más a mí que mi propio reflejo. Me senté en la cama a la espera de que mi inesperado invitado iniciase una conversación pero nada, silencio. La mañana trascurrió con un mutismo absoluto, el uno enfrente del otro. Las fibras doradas que entraban desde la ventana fueron dando paso a finas hebras cobrizas. La luz desaparecía dibujando un juego de sombras que finalmente se hicieron invisibles. Oscuridad. Encendí la lámpara de noche. Cogí un cigarro y le ofrecí uno a John. Éste lo rechazó con la mano y volvió a posar su mirada sobre la mía. Me miraba con impaciente interés. Preguntó si podía pasar la noche en el sofá, se iría por la mañana. No me opuse. Le di una manta y me senté de nuevo en la cama mientras John se recostaba en el sofá, se tapaba y cerraba los ojos. No sé cómo pero mis párpados fueron pesando cada vez más, un gran cansancio se fue apoderando de mi cuerpo, de los pies a la cabeza mis músculos durmieron. El ruido del exterior se iba apagando y me fui deslizando hasta fundirme con el edredón. A la mañana siguiente no había rastro de John. Ni una nota, ni un teléfono de contacto, nada. Parecía haber sido todo producto de mi imaginación, un sueño.

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Día 4: Orígenes

He entreabierto la puerta y las diminutas partículas han entrado como un huracán. La habitación se ha iluminado con esos granitos cargados de historia, fotografías esparcidas,  y he descubierto entre ellos mi propia historia ya olvidada.

Nací en Nueva Orleans, en el Barrio Francés, muy cerca de Jackson Square. Provengo de una larga lista de antepasados colonizadores, alguno de ellos, creo incluso, fue uno de los fundadores de esta ciudad situada en el Estado de Luisiana, en la zona sur de Estados Unidos.

Hasta mis diez años vivimos en una pequeña casa situada en Royal Street. Un barrio denigrante, en pleno apogeo de la decadencia: clubes de alterne, drogadictos y ladrones de poca monta dibujaban la escena en el cuadro de la noche. Por la mañana, el cuadro quedaba eclipsado por miles y miles de turistas que inundaban sus calles. Royal Street parecía otra. Briznas de colores: rojo, azul, amarillo y verde. La calle resurgía del infierno de la noche entre flashes disparados.

Nuestra casa se encontraba detrás de la Iglesia de San Luis. Su fachada intentaba imitar la tonalidad del sol pero los años la habían transformado en algo incoloro y agrietado. Era imposible distinguirla del resto. Todas estaban cortadas por el mismo patrón: dos plantas y su ático, todas con el mismo aspecto marchito. En la entrada, un jardín compuesto por un viejo árbol decrépito con apenas diez hojas.

En mi familia éramos cinco: mi padre, mi madre, mi hermano y mi abuelo paterno que, tras la muerte de su esposa, fue incapaz de vivir en soledad pues cada objeto, incluso la misma brisa interna de su casa, le recordaban a ella.

Los días transcurrieron en silencio. La vida hogareña era una ilusión. Nadie hablaba. Nos limitábamos a mirar el plato y, de vez en cuando, alzábamos nuestra vista y la fijábamos en la pequeña pantalla de televisión situada junto a la mesa del comedor.

Las noches eran el efecto de los largos silencios del día. Lo primero en escucharse era la voz de mi padre transformado en juez. Recriminaciones y acusaciones. Mi madre mantenía la compostura unos minutos pero, al igual que una bomba programada, llegado el tiempo límite, estallaba y convertía en añicos todo lo situado en un radio de diez metros de ella. Creían que dormía, siempre lo pensaron. Lo que nunca supieron es que, desde mi habitación transformada en paraguas, intentaba resguardarme de los ruidos de tormenta. Recuerdo las risas de los niños, los gritos de felicidad que llegaban desde la calle. Me parece verles ahora, infantes y felices, como sólo ellos saben serlo. Inocentes y dulces. Al otro lado, puedo verme a mí misma en el suelo, sintiendo el frío de la madera. Recuerdo que también tuve diversión y risas. Corría de acá para allá, persiguiendo monstruos y capturando hadas. Toco las túnicas mágicas y las espadas resplandecientes que tantas veces usé. Utilicé la fantasía como vía de escape, la risa como fuga de la ira. Mis sonrisas eran un llanto profundo y desconsolado.

Ahora, treinta años después, sigo sentada en el suelo de madera como cuando era niña. Me gusta escuchar el silencio de la noche y dejar que el viento cálido penetre en mí. Es un recordatorio: sigo viva y eso es suficiente.

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Día 3: Arena

Los días transcurren entre reflejos pardos: la ventana, el espejo, mi mirada. Me aterra abrir la puerta, el sol, el viento. La bienvenida de un nuevo día intento acallarla entre botellas. Deambulo entre las paredes encerradas en mi recuerdo. Ladrillos carcomidos: mil historias y una sola vida. Historias escritas con sal. Historias de arena esparcidas por la fuerza del viento. Arena entre olas. Arena parda. Granitos que contienen capítulos de cuentos inacabados. Granitos entremezclados y confusos. Los siento tras la puerta. Revolotean, esperan una mano que los atrape y reconstruya, como un puzle. Son memorias perdidas: agujas y seda.

En mi ventana han formado un cuadro: el jardín de recuerdos abandonados, delicias.

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